Significado de los colores litúrgicos en la Iglesia Católica.


– El blanco es entre nosotros un color alegre, que de entrada sugiere la limpieza, la fiesta y la luz. Por eso se ha convertido en símbolo de la inocencia, de la pureza y de la alegría. El vestido blanco de la novia es, en nuestra cultura, uno de los símbolos más significativos.

El ángel que aparece junto al sepulcro para anunciar que Jesús ha resucitado, va vestido de blanco. Los vencedores del Apocalipsis están cubiertos de lino blanco y montados en caballos blancos. La gloria de Cristo se simboliza en la escena de la Transfiguración con unos vestidos blancos como la luz. 

Por eso los vestidos de los ministros son blancos en la Navidad, en la Pascua, en las fiestas del Señor (a no ser que se refieran a la Cruz) y de la Virgen, así como en las de los santos que no sean mártires. También para la celebración del Bautismo, del Matrimonio y de la Unción de enfermos, si es con misa. El blanco es, por tanto, el color privilegiado de la fiesta cristiana, como expresión de la luz, la alegría y la vida que Dios nos comunica.



– El negro, por el contrario, es la negación del color, a pesar de la nobleza que puede también comportar y que le hace ser periódicamente el color de moda. 

El negro recuerda espontáneamente la oscuridad, la noche, la falta de luz, y por ello simboliza la perdición, la desgracia, el pecado. Es el color típico del duelo y de la tristeza. 

En la liturgia, el negro había sido durante siglos el color del Adviento y la Cuaresma. Ahora ha quedado más relegado: queda sólo como facultativo en las exequias y demás celebraciones de los difuntos, aunque cada vez se usa más el morado. Para el caso de niños párvulos, el color más adecuado es el blanco. 

– El rojo nos trae a la imaginación el fuego y la sangre. Es un color «agresivo», que puede simbolizar el sentido de la culpa (tiene las manos rojas quien derrama sangre ajena), de peligro (el «stop» del semáforo) y también el amor. 

Los profetas parece que identificaban la situación de pecado con el color rojo: «así fueren vuestros pecados como la grana, quedarán blancos cual la nieve, y así fueren rojos como el carmesí, cual la lana quedarán» (Isaías 1,18). 

El rojo es ahora el color del Domingo de Ramos y del Viernes Santo, por su aproximación a la Cruz; de la fiesta de Pentecostés, por el fuego del Espíritu; la exaltación de la Cruz el 14 de septiembre; las fiestas de los apóstoles, los evangelistas y todos los mártires, porque han dado testimonio con sus vidas de su fe en Cristo. La Confirmación se celebra en blanco, pero también se puede en rojo, subrayando la donación del Espíritu. 

– El verde es el color de la vegetación, del crecimiento, de la vida. De ahí le vienen diversos simbolismos: la esperanza, la vida, la pureza de la naturaleza, la serenidad (el «verde» de los semáforos como paso libre). 

En la cultura actual el verde es símbolo de los movimientos ecológicos, de defensa de la naturaleza contra la corrupción y la manipulación humana. Aunque también decir de algo o alguien que «está verde» puede indicar la falta de madurez. 

En la liturgia, el verde es el color del Tiempo Ordinario: esas 34 semanas en las que no se celebra un misterio concreto de Cristo, sino el conjunto de la Historia de la salvación y, sobre todo, la celebración semanal del domingo como «día del Señor». El verde, color de crecimiento, de esperanza y de vida, apunta así a los frutos de vida que a lo largo del año debe producir el misterio de la Navidad o de la Pascua de Cristo que hemos celebrado en los «tiempos fuertes». 

– El morado es un color discreto, serio, aun dentro de su elegancia. Por eso, su simbolismo apunta a la penitencia, a la tristeza y al dolor. Según en qué culturas, también a la realeza y nobleza. 

Se utiliza el morado en las celebraciones del Adviento y de la Cuaresma: dos tiempos en que preparamos con un tono de mayor austeridad las fiestas de la Navidad y de la Pascua. (Para el Adviento se podría pensar en el futuro en un color distinto del morado, para distinguir este tiempo de esperanza del de penitencia que es la Cuaresma. Los luteranos, desde 1978, han decidido utilizar el color azul para el Adviento: y se basan, precisamente, en los documentos de nuestra antigua liturgia hispanomozárabe. También podría ser un morado más suave o tirando a granate).

Se usa el morado para las celebraciones penitenciales. Y también para las exequias, para las que antes se utilizaba el negro. Fue el Concilio el que quiso que en el lenguaje de las exequias cristianas tuviera un tono de esperanza pascual: esto se ha notado en las oraciones, en los cantos y también en el cambio de color. 

Hay otros colores menos frecuentes. 

– El color rosa distingue los domingos «Gaudete», a mitad del Adviento, y «Laetare», a mitad de Cuaresma. 

– El color azul se usa desde el siglo XIX en España y algunos paises de América para la fiesta de la Inmaculada. 

– Según una tradición antigua, en Francia se ha utilizado a veces el color gris para la Cuaresma. 

– El color dorado, por la nobleza de sus materiales, puede expresar una celebración particularmente festiva y solemne. 


¿POR QUÉ LOS COLORES?

La variedad de los colores en nuestra liturgia tiene, según el Misal (n. 307), dos finalidades. 

a) Ayudan a sintonizar mejor con los misterios que celebramos: «la diversidad de colores en las vestiduras sagradas tiene como fin expresar con más eficacia, aún exteriormente, las características de los misterios que se celebran». 

b) Tienen la pedagogía de la variedad y la dinámica de un Año Cristiano que nos va conduciendo por misterios y actitudes graduales: «expresa también el sentido progresivo de la vida cristiana a lo largo del año litúrgico». 

El que después de una Cuaresma en la que ha predominado el morado, pasemos a celebrar la Pascua en blanco, y que esta Pascua concluya con el rojo del Espíritu en Pentecostés, tiene su pedagogía. Como la tiene el que las fiestas de los mártires se celebren en rojo, y las de la Virgen en blanco. 

El color, como elemento visual sencillo pero eficaz, uniéndose a otros más importantes como son las lecturas, las oraciones y los cantos, quiere ayudarnos a celebrar mejor nuestra fe.

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